Cappuccino Art
Saludos, BK2 y BKdas y lectores varios. Hoy era uno de esos viernes en los que, por causas que no vienen al caso, uno se despierta con dolor de cabeza y la boca pastosa, de esas en las que las legañas están tan espesas que parece como si a uno le hubiera cosido los párpados un cirujano obseso compulsivo con exceso de celo, y con una ojeras tan largas que uno se piensa si en vez de ponerse las gafas de sol no saldría más a cuenta ponerse a saltar a la comba con ellas.
En cualquier caso, tras cagarme en los muertos del que inventó el despertador y desearle mil tormentos chinos al cabrón de su primo que inventó la resaca, logré rodar hasta caer de la cama y así levantarme. El aire cargado de la habitación, las montañas de ropa tirada por el suelo (consecuencia de las tres maletas mal desechas del último mes), la nevera vacía (y por extensión todos los estantes de la cocina) y la cafetera de filtro no invitaban mucho a quedarse por allí más tiempo del necesario para hundir la cabeza debajo de un chorro de agua helada, rescatar de donde se pudiera una camiseta que no estuviera demasiado arrugada, y salir por piernas para disfrutar de un desayuno agradable en alguna terracita del centro, aprovechando que el tiempo no es demasiado malo (tenga en cuenta el lector la localización geográfica, en el valle del Rin, del que escribe).
En fin, que como no tenía cuerpo de meterme entre pecho y espalda un par de salchichas con bacon y dos huevos fritos, me fui a desayunar a mi cafetería, a intentar reactivarme con un cappuccino y una brioche (cruasán a la italiana, para los legos). Mucha cara de perjudicao me tuvieron que ver al pedir la comanda, porque me dijeron que me saliera fuera a la terraza, que ya me sacaban ellos las cosas (NB: Mi "cafetería" no es una cafetería de verdad, sino una tienda de máquinas de café y café en grano; también preparan un café excelente, pero normalmente no atienden más que en la barra).
Así que allá afuera andaba yo, distraído leyendo el último número de una revista para amantes del café que tienen por aquí (y maldiciéndome a mi mismo en mi mismeidad) por no entender mejor esta endemoniada lengua que es el teutón) cuando me dejaron en la mesita una taza de cappuccino humeante con su croissant sonriente al lado. Al soltar la revista y disponerme a degustar la deliciosa crema, reparé en la curiosa forma de corazón que había tomado la espuma... (inciso: no llevaba la cámara encima, así que la foto de la derecha no es de mi taza, pero os podéis hacer una idea). Sorprendido, miro a mi camarera, que por toda explicación me regala un guiño y una sonrisa.
Finalizado mi desayuno, y con la sonrisa ya puesta en la cara para el resto del día, llego al despacho, e imaginad mi sorpresa cuando, entre las historias de obligada lectura mañanera, me encuentro con que nuestra amiga Lola (que está de vacaciones, la muy funcionaria...) acaba de descubrir el sitio web de una cafetería en la que se dedican a hacer concursos con los dibujos hechos con la espuma de los cafés. Qué casualidades de la vida, ¿no? Y que maravilla de dibujos. No veo la hora de volver a tener mi máquina de café y mi cappuccinera para ponerme a practicar, a ver si consigo que me dediquen otro poema como este...
vengoroso - Historias de cafes
cuatro comentarios:
amigo, yo creo que tienes posibilidades con la camarera, es joven?, adelante con la teutona!
Herr Spock (URL) - 08 08 08 - 18:20
Es joven, guapa y sofisticada. Pero hay un principio básico que no puedo romper, y es que no se caga donde se come… o como me dice uno de mis amigos italianos:
> Please, don’t kill this bar! We like this bar!
vengoroso - 09 08 08 - 16:29
Excusas, excusas… Los capuccinos irían a mejor.
Corleone (URL) - 10 08 08 - 17:15
Bonito lo de la espuma, en enlace directo a la página es este
Corleone (URL) - 10 08 08 - 17:29
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